Iglesias, auditorios y salones: la carga que llega de golpe
El mismo espacio de 100 m² necesita 3,4 toneladas como oficina y 8,7 como salón con cien personas sentadas. Por qué la gente — y el aire que hay que meter por ella — cambia el proyecto, y cómo se diseña para una sala que pasa de vacía a llena en quince minutos.
Un salón vacío y el mismo salón con cien personas son, para el aire acondicionado, dos edificios distintos.
El mismo espacio, dos cargas
Tomemos la oficina de 100 m² de nuestra serie sobre oficinas: 12 personas, una fachada con vidrio, 3,4 toneladas. Y ahora imaginemos ese mismo espacio — las mismas paredes, el mismo vidrio, el mismo techo — con cien personas sentadas.
El edificio no cambió. Lo que cambió es la gente, por dos caminos:
El calor de las personas. Una persona sentada entrega del orden de 100 W, entre calor y humedad. Cien personas son 10 kW: como diez planchas de ropa encendidas a la vez.
El aire exterior que hay que meter por ellas. Las normas de ventilación fijan un mínimo de aire de afuera por persona, para que el CO₂ no se acumule. Con cien personas, ese aire es más de cuatro veces el de la oficina. Y en Panamá, cada metro cúbico de aire de afuera llega caliente y cargado de humedad: es la parte que más pesa en la gráfica.
Resultado: 8,7 toneladas contra 3,4. Dos veces y media más, en el mismo espacio.
Por qué la regla de los metros cuadrados falla
La regla de "tantos metros cuadrados por tonelada" funciona razonablemente en oficinas, porque todas tienen una densidad de gente parecida. En un salón, la densidad es ocho veces mayor y la regla se queda corta por mucho.
Un salón dimensionado como oficina tiene un síntoma inconfundible: a los veinte minutos del servicio o del evento, la sala se pone pesada y húmeda, y el equipo trabaja a fondo sin alcanzar.
La carga llega de golpe
En una oficina, la gente llega a lo largo de la mañana. En una iglesia o un auditorio, la sala pasa de vacía a llena en quince minutos — y el sistema tiene que responder a eso.
Pero un sistema dimensionado para la sala llena pasa la mayor parte de la semana con la sala vacía o a medias. Ahí aparece el segundo problema: un equipo grande de una sola etapa, con poca gente, enfría rápido, se apaga y no alcanza a secar el aire. La sala queda fría, húmeda y con olor a humedad.
Cómo se diseña
Por ocupación, no por metros cuadrados. El número de asientos manda sobre el área.
Con equipos que modulen. Inverter, VRF o varias etapas, para trabajar bien tanto con la sala llena como con veinte personas.
Preenfriando. Encender el sistema una o dos horas antes enfría las paredes, el piso y las sillas. El edificio absorbe parte del pico cuando entra la gente. No sirve para la humedad que trae la gente, que llega con ella — pero ayuda con el calor.
Con ventilación por demanda. Un sensor de CO₂ ajusta el aire exterior a la gente que realmente hay. Es donde esta estrategia más rinde: salas que pasan de vacías a llenas. Con la sala a medias, se deja de meter — y de enfriar — aire para personas que no vinieron.
Con las puertas cerradas durante el evento. Una puerta abierta en Panamá mete más carga de la que parece, y en una sala llena no hay capacidad de sobra para ella.
Cuándo no hace falta tanto
Un salón que se llena dos horas por semana no siempre justifica capacidad para sostener 24 °C en el pico. A veces conviene diseñar para unos grados más en ese momento — 26 °C con la humedad controlada pueden ser cómodos — y no pagar todo el año por capacidad que se usa dos horas. Es una decisión de diseño que hay que tomar a conciencia, no descubrirla el primer domingo.
¿Su sala no da abasto cuando se llena, o queda húmeda cuando está a medias? Escríbanos: partimos de cuántas personas entran, no de cuántos metros tiene.